El nuevo grupo regional de empresas de investigación especializada en los mercados latinoamericanos e hispanos de Norteamérica.
Hace unos meses mi marido y yo decidimos correr la aventura de tener una pequeña granja, en la que habrían algunos árboles frutales y unos cuantos animales, básicamente con la idea de que fueran nuestro acompañamiento los fines de semana, o en el momento que decidiéramos retirarnos, la escuela, diversión y compañía de los nietos. Crear un lugar que capturara el ambiente de campo, el olor de la naturaleza, el encanto de ver crecer lo plantado y expresara respeto a la tierra.
Con mucho más estrés y contrariedades que magia, empezamos a ver que la vida del campo no es tan romántica, fácil y tranquila como la pintan.
Iniciamos con unos patos y gansos que ya venían incluidos en el paquete, descubriendo que las criaturitas, además de nadar apacible y elegantemente en el pequeño estanque, también graznan, comen y por supuesto defecan (diario!) en el jardín. Nos hicimos de dos perros ovejeros que, para que no se comieran al resto del zoológico, hubo que mandarlos a una escuela especial -más cara que la universidad de mis hijos- para que aprendieran a convivir con sus congéneres.
Después de los peces, que deben comer inicialmente tres veces al día y ahora solo dos, completamos nuestro paisaje pastoral con 6 borregos, que pastarían libre y dócilmente por nuestro jardín y los alrededores, para podar la hierba, y dejarse ver a contraluz en el atardecer, arropados por los grandes abetos, y por supuesto -¡me olvidaba!- para que nuestros perros Motek y Zizou practiquen la actividad a la que genéticamente están programados.
Los borregos, luego de podar pastos propios y ajenos, sufrir algunas pequeñas infecciones en las pesuñas, aceptar pacíficamente el complemento alimenticio que íbamos conociendo o improvisando cada mes, nos dieron la alegría de hacernos abuelos de 3 pequeños: Temo, Nery y Giovanni, que fueron naciendo al tiempo que cada uno de estos tres personajes del fútbol, efectuaron alguna hazaña importante con la selección tricolor.
El sábado pasado, después de conocer y nombrar a Giovanni, notamos que su madre estaba bastante flaca, y el bebe luchaba desesperadamente por sacarle un poco de leche sin mucho éxito. Decidimos inmediatamente llamar al experto veterinario.
Llegó, los revisó a todos, nos dijo que, por supuesto. Deberíamos vacunarlos, vitaminarlos, desparasitarlos, y revisarlos varias veces al año. Disponerles un complemento alimenticio especial que él nos vendería, suministrarle al pequeño un sustituto de leche inmediatamente, además de atender la infección que varios presentaban en alguna pata. En el acto compramos medicinas, vitaminas, jeringas, mamilas, leche, alimento, y procedimos a pagarle la cuenta, que incluía las vacunas que les puso como primera instancia.
Esa misma tarde, todos participamos en darle la mamila a Giovanni, que aun estando débil, nos cautivó inmediatamente con su ternura. Nos sorprendió que los borregos casi no probaran el nuevo alimento, pero asumimos que al igual que en los niños, las vacunas suelen provocar reacciones como fiebre, desgano, sueño, cansancio.
A la mañana siguiente, al estar tomándome una primera taza de café antes de ir a seguir con las indicaciones del experto, me intrigó el ver que el guardián de la casa llamaba con insistencia a su compañero jardinero. No quisimos pensar en algo malo, pero intuimos alarma, y a mí inmediatamente me dolió el estomago. La noticia no la podía creer: ¡Todos los borregos estaban muertos!. Creo que pocas veces había vivido algo parecido. Al entrar al establo la estampa era pasmosa: ocho borregos, incluido Giovanni, yacían como dormidos, dejando en el aire un aura de vacío, unos balidos contenidos en el tiempo, un silencio de paz y de muerte, y una sensación de impotencia, tristeza y desolación en nosotros. Después de una serie de preguntas, evaluaciones, llanto de los niños, y una entrevista con el veterinario, comprobamos en el empaque que habíamos tirado ya a la basura, que las vacunas estaban caducas.
Es increíble cómo con más frecuencia de lo esperado, nos enfrentamos a diario a situaciones en que pecamos de exceso de confianza, por una parte, y falta de ese hábito, presente en otras culturas, de dar crédito a nuestro sentido común, nuestra experiencia y nuestra intuición. A menudo cuestionamos poco y aceptamos sin reparos una sugerencia, que asumimos como sentencia sagrada, mágica, e incuestionable.
Las marcas, a veces son como nuestras mascotas.
Muchas veces cuando queremos cuidar, hacer crecer, y mejorar nuestras marcas, acudimos a los expertos para que nos indiquen la mejor forma de hacerlo.
Actualmente hay una gama amplia de consultores, expertos y asesores especializados en diversas materias: imagen, publicidad, ventas, investigación de mercados, fiscalistas, financieros, administradores, etc, etc. Definitivamente los hay muy profesionales y capaces, sin embargo considero que hay que tener en cuenta algunos puntos importantes a la hora de contratarlos:
Estoy segura de que existen muchos asesores que definitivamente van a ayudarnos al mejor desarrollo de marcas, productos o servicios. Pero no está de más tomar precauciones.
"Es mejor saber después de haber pensado y discutido, que aceptar los saberes que nadie discute para no tener que pensar.."
Fernando Sabater.
Por: Dra. Gabriela de la Riva