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La manzana de la discordia

ándele, la discordia“Los tiempos del rey Adán han quedado atrás”, podrían ufanarse muchas mujeres al ver el increíble despegue social hacia el reconocimiento y la equidad de género que han tenido en los últimos 40 años, movimiento silencioso y gritado, que anuncia sus frutos por todas partes. Sin embargo no todo es gloria, muchas mujeres aún siguen girando en entornos altamente patriarcales, mientras que otras siguen reproduciendo patrones educativos machistas hacia sus hijos.

Pero una cosa es cierta, en la actualidad ni los hombres, ni las mujeres son los mismos y las mismas, los roles cada día se hacen más flexibles y la manzana del pecado y del poder pasa entre hombres y mujeres con demasiada prisa, sin orden.

Claramente hombres y mujeres se disputan el derecho a decidir, a tomar la palabra, a iniciar el juego. No son tiempos donde el dialogo, la negociación y la democracia se hayan instalado para siempre en nuestras familias, trabajos, empresas, gobiernos; sino tiempos donde aún las mujeres luchan por estar y por pertenecer en igualdad de condiciones, donde los hombres a toda costa buscan y desean resguardar un coto de poder que les permita sentirse seguros y menos amenazados.

Los hombres de hoy en día están viviendo los cambios de género más como una pérdida que como una ganancia, es decir, aunque en el discurso estén de acuerdo en que las mujeres participen en todo y tengan los mismos derechos, en el fondo lamentan la pérdida de “las mujeres de antes”, mujeres a las que podían proteger y proveer, mujeres que podían respetarlos y atenderlos porque ellos garantizaban el bien de la familia vs. las mujeres del presente quienes se saben autónomas, que se empoderan y cada vez más deciden ir por la vida a la par de un hombre, si se puede… o solas, pero ya no detrás de ellos.

Actualmente el dicho de que “detrás de cada gran hombre, hay una gran mujer”, es menos verdadero, pues o se modifica para decir “al lado de cada hombre, marcha una gran mujer”, o se invierte, “al lado de cada gran mujer, hay un gran hombre”.

Los hombres están viviendo en competencia y amenaza del medio ambiente, incluyendo las mujeres. Tienen a una mujer que se planta igual que ellos en la proveeduría, pero que al mismo tiempo conoce sus derechos, sabe y exige que el hombre se comporte a la altura en sus relaciones, en su compromiso, en la expresión de sus afectos. Pero quién le explica a los hombres como hacer todo eso sin perder su masculinidad, elemento que garantiza su atributo de género, porque eso sí, cada día se oye a más mujeres decir que “ya no hay hombres”; habría que averiguar si lo dicen porque los hombres ya no son tan “fuertes” y “valientes” como antes… y entonces ¿quién las entiende?.

¿Quién se toma la molestia de explicarle al obrero y al ejecutivo, que ahora además de ser fuertes, valientes y masculinos, también deben de expresar sus emociones y estar cerca de sus hijos, además de ser equitativos no solo en la proveeduría, sino también en la casa, y más…?

Y así, tenemos hombres que se balancean entre el machismo tradicional y la etiqueta de “mandilones”, que para acabarla de amolar los devalúa, en lugar de concederles el derecho a decidir compartir y compartirse.

Hombres que necesitan obtener seguridad para reconocer que valen, que su esfuerzo tiene sentido.

Hombres que necesitan liberarse a ellos mismos del rol tradicional y aprender a disfrutar a una pareja que hoy está a su lado dispuesta a luchar en todas las trincheras, además de acercarse a sus hijos en afectos y emociones.

Hombres que en lugar de competir con sus mujeres, se comuniquen y se acerquen a sus propias necesidades, sentimientos, sueños, deseos, y con ello, puedan compartirlos y entender los de su pareja.

Hombres que dejen de preocuparse por quien detenta la manzana del poder y del pecado y se ocupen de ellos mismos, de entender que las cosas han cambiado y seguirán cambiando; que busquen su nuevo lugar social sin lamentar lo que perdieron, sino disfrutando la oportunidad de ser seres humanos más completos con razón y corazón incluido, sin que esto los devalúe y los descalifique.

Por: Marco Morin