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Muchas gentes creen que los hombres en situaciones arriesgadas tienen amigos, pero usualmente, cuando el peligro pasa, también lo hace el ser activo de la amistad; y le sustituye una nostalgia cálida y participativa. Es cierto que la amistad puede aparecer en tales contextos, pero finalmente es independiente de ellos. La amistad es su propio contexto.
Stuart Miller.
Los hombres dicen siempre “la mujer que he elegido” yo digo que ellas nos eligen a nosotros. Ciertamente corro tras ellas, me esfuerzo, y todo eso, pero no puedo decir “Oh ésta es mía. Ésta de ahora es del tipo que quiero y voy por ella”. No, la cosa no funciona así.
Henry Miller
Su debilidad (del movimiento de liberación femenina) reside, seguramente, en su insistencia en que los hombres se mueven por motivos racionales porque, en muchas ocasiones, prefieren la compañía de su propio sexo…
William F. Buckley, Jr.
Mis ojos no daban crédito al ver que “El Flaco” Valdivia llegó con un retraso de 30 minutos al juego de dominó que religiosamente nos reunía cada semana, no eran los 30 minutos de retraso lo inexplicable del “Flaco”, sino su compañía. Valdivia entro por la puerta del departamento acompañado por una mujer… una mujer, lo pueden creer compañeros… una mujer que juega dominó. Mille, o la “dulce Mille” como le decía “El Flaco”, no solo hacía alarde de ser una excelente calculista de fichas tendidas sobre la mesa, también tenía la mirada intimidante, como de un solitario vaquero arrancado de un western de Sergio Leone.
Sigilosamente se acercó a mi “El Negro Bolaños”, con voz suave me murmuró al oído - nada mal la Mille, nada mal, si como juega ronca. Como anfitrión algo sentía que no estaba bien; sí Aura, mi esposa, se enterara que una mujer se integró al tradicional juego de los miércoles, su primera pregunta sería “¿Por qué no me llevas, yo también sé jugar dominó…?”, o se pondría al rojo vivo al pensar que la famosa Mille era una “acompañante” para una despedida de solteros o de viejos jóvenes retorcidos… mi preocupación no terminaba aún, qué pasaría si la esposa del “Negro Bolaños”, la novia de Juan o la amante de Mondragón quisieran ser parte de los miércoles a lado de la “dulce Mille”.
Entre juego y juego que perdía frente a la pareja de la noche los pensamientos en mi propia casa me desorbitaban. Recordé una lectura de Vicente Verdú quien sostenía haber oído a Francesco Alberoni decir que un hombre y una mujer solo pueden amarse simétricamente cuando tienen menos de nueve años. A partir de ahí la mujer crece mucho más de prisa que los hombres y se sienten atraídas por varones notoriamente mayores. Incluso cuando se encuentran en los trece años sus mitos románticos son con músicos de rock, actores de cine o hermanos mayores de sus amigas que rondan los veinte y treinta años. Cuando las mujeres llegan a los veintiuno, siguen con la misma ansiedad hacia los hombres maduros y, no obstante acaban cediendo para casarse con los mozalbetes a quienes empezaron a despreciar cuando tenían diez años.
Pero quién era Mille para establecer una simetría en el dominó con “El Flaco” Valdivia, la verdad es que no había ninguna simetría, gracias a Mille “El Flaco” ganaba una y otra vez, zapato, menos de 50… en fin estaban ganando y fastidiando la religiosa reunión de los miércoles. La noche se perfilaba para desencadenar la desunión del club de Toby.
De repente, una de esas jugadas casuales, la tirada de una pieza maestra de Juan en pareja con “El Negro” Bolaños cerró el juego, dejando a la pareja de la noche ahorcados con más de dos mulas y otro tanto de puntos en cubierto. Mille y “El Flaco” habían sido vencidos…
En los siguientes turnos ya no se notaba aquella seguridad silenciosa ni las miradas concentradas de la novedosa pareja y los desacuerdos en cada juego subían de tono, las partidas se habían equilibrado, pero los triunfos de Mille y “El Flaco” Valdivia se vieron segados conforme pasaba la noche, como una maldición que dictaron los dioses del juego, o de la masculinidad, quiero pensar.
Las 12:00 en punto. Sin decir palabra, como todas las noches de todos los miércoles, nos dispusimos a guardar las fichas, limpiar la mesa, llevar los vasos (algunos aún con bebida) al fregadero. Cada hombre sabía la parte que le tocaba, que entre risas y golpeteos con los hombros, la cumplía al pie de la letra.
Mille nos miraba extrañada, como sin saber cual era su rol en ese ir y venir de hombres constructores de limpieza. En menos de 15 minutos, mi casa estaba más limpia que antes de la llegada de mis amigos. Juan ya había dejado la mesa reluciente, “El Negro” Bolaños se encargo de los vasos, los dejo escurrir para evitar olores, Mondragón y yo guardamos platos y tazones &en el sitio exacto, tan limpios y secos como todas las noches de todos los miércoles.
Mille seguía aturdida, observando cada uno de nuestros pasos.
Entre abrazos y bromas nos despedimos, “El Negro” Bolaños se dirigió a mi y a Juan –¿En mi casa el próximo miércoles?, Mondragón asintió –¡ahí estaremos!. Siguieron las risas hasta que alguien de nosotros preguntó - ¿Y “El Flaco”?, “El Flaco”… no sabíamos en dónde estaba.
Por: Hervé Prado